Logo

RÁDIO ESPANHA NO BRASIL

A locomotiva virtual binacional

El locomotor virtual bi-nacional

AUDIOTECA DE PROGRAMAS SOBRE ARTES PLÁSTICAS VEICULADOS NA RÁDIO ESPANHA
COM SILVIA FISCHETTI*
  (*) Silvia Fischetti é Artista Plástica com especialização em História da Arte
 
OUTUBRO/2009 PABLO PICASSO
 ARTE  GOYA, pintor bem-sucedido e amigo da nobreza, foi perseguido pela Inquisição por causa das "obscenas" Mayas desnudas.
AGOSTO/2009 PABLO PICASSO
 

 ARTE  o malaguenho PABLO PICASSO, gênio da Arte Moderna, reformulou os paradigmas da pintura. Ouça com nossa arte-expert.
Parte I
Parte II
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Picasso by Dalí

Begoña Souvirón López

  

  

I

«Picasso es comunista, yo tampoco» (Dalí)

Cuenta Dalí en su diario que un día, al despertarse, besó el lóbulo de la oreja de Gala y, en ese mismo instante, sintió a Picasso mezclado con su saliva. Cuenta que el pintor malagueño tenía un lunar en el mismo sitio que Gala. Un lunar oliváceo de espesor mínimo, una reproducción exacta, de manera que, cuando pensaba en Picasso, acariciaba la oreja de su mujer. Dalí asegura que Picasso era la persona en la que más pensaba, después de su padre, y que ambos eran para él una suerte de Guillermo Tell, ya que tuvo que rebelarse ante la autoridad de ambos desde su adolescencia.

  
    

Pablo Ruiz Picasso

(Málaga, España, 1881 - Notre-Dame-de-Vie, Mougins, Francia, 1973)

  

Dalí defendía que España es grande por haber proporcionado al mundo los más altos y violentos contrastes, encarnados en el siglo XX en las personas de Picasso y él mismo. El pintor de Figueras se sentía orgulloso de su nombre propio, Salvador, que anticipaba su misión en el arte, pero, además, se sentía orgulloso de ser español y de tener a Gala de musa. De Gala, tenía Picasso aquella sombra biológica en el extremo de la oreja. El nombre propio del malagueño universal, Pablo, era para el genio del surrealismo un nombre corriente, todo el mundo, desde los papas al violinista Pau Casals, podían llamarse así.

Cuenta en su Vida secreta que hizo un viaje a París acompañado de su hermana y de su tía con el propósito de visitar Versalles, el museo Grevin y, sobre todo, a Picasso, que le había sido presentado por el pintor Manuel Ángeles Ortega, amigo granadino de Lorca. Dalí confiesa que, al llegar a casa de Picasso, estaba tan emocionado como si fuera a visitar al Papa y que, cuando le dijo que había ido a verlo antes de ir al Louvre, Picasso le respondió satisfecho que había hecho muy bien. Llevaba Dalí empaquetada La niña de Figueras para presentársela al maestro, quien, después de observarla durante un cuarto de hora, no hizo comentario alguno.

Picasso le mostró su estudio, mientras llevaba y traía telas en un incesante movimiento. Dos horas estuvo mostrándole el pintor malagueño al joven ampurdanés los cuadros almacenados en hileras contra las paredes. Dalí entendía que se estaba tomando una gran molestia y esto le halagaba. Cada vez que le enseñaba uno nuevo, le dirigía una mirada vivaz e inteligente tan violenta que le hacía temblar. Dalí se abstuvo de hacer comentarios. Tan sólo cuando estaban a punto de despedirse en el rellano de la escalera, intercambiaron una mirada y Dalí entendió que Picasso le inquiría: «¿Ve usted la idea?» «La veo», asintió Salvador Dalí.

Con motivo de la celebración del noventa cumpleaños de Picasso, la revista Times citaba las palabras que el catalán había pronunciado veinte años atrás en el madrileño teatro María Guerrero, cuando dijo: «Picasso es español, yo también; Picasso es un genio, yo también; Picasso es comunista, yo tampoco».

Dalí agradeció siempre a Picasso su genio ibérico, anárquico e integral, que había sido capaz de matar la fealdad de la pintura moderna. Sin él, y teniendo en cuenta la prudencia y mesura que caracterizaban el arte francés, el mundo se exponía a sufrir cien años de pintura cada vez más fea. Gracias a los sublimes Esperantos abatesios de la serie Dora Mar, Picasso, a juicio de Dalí, libró, de una vez por todas, al arte del toro de la ignominia y, sobre todo, del todavía más negro materialismo entero. Sólo después de esa hazaña, podría comenzar la nueva época de la pintura mística encarnada en la propia obra daliniana.

  

II

El hijo de Guillermo Tell

Así se considera Dalí cuando afirma que ha transformado en oro macizo la manzana de canibalesca ambivalencia que sus padres, André Breton y Pablo Picasso, habían colocado sucesivamente en peligroso equilibrio sobre su cabeza, tan frágil y querida.

Dalí, convencido de ser el salvador del arte moderno y el único capaz de sublimar, integrar y racionalizar imperialmente todas las experiencias artísticas dentro de la tradición clásica, asume la sedición latente en los hijos de Saturno y se enfrenta a su padre, el notario de Figueras, a Picasso, y al jefe del surrealismo, André Breton.

Para Dalí, Picasso, tan grande como Rafael, era, sin embargo, su opuesto, porque se vio condenado al plagio eterno. Combatiendo la tradición, su obra había alcanzado el resplandor del relámpago, pero también la ira del esclavo. Dalí contempla a Picasso encadenado de pies y manos en sus propios inventos y, aunque reconoce que lo ha inventado todo, considera que es víctima de su creación, que lo tiraniza. Ve a Picasso en cada una de sus obras luchando con el dibujo, el color, la perspectiva y la composición, y asegura que, en lugar de apoyarse en el pasado inmediato, en la sangre de la realidad que es la tradición, se refugiaba en el recuerdo de todo lo que había visto: de los vasos etruscos, de Toulouse-Lautrec, de África, de Ingres...

Dalí defendió a ultranza la tradición clásica aun expensas de ser malinterpretado, y decía que cuanto más se intenta revolucionar, tanto más se hace lo mismo. Mantenía que las imágenes carentes de tradición se veían forzadas a recurrir a las instancias de una memoria agotada, sin llegar a conseguir la invención.

Pero el hijo de Guillermo Tell necesita la referencia del padre para llegar a ser él mismo. De ahí que, en los años sesenta, Dalí manifestara su entusiasmo por la obra de Picasso en el Times TV, afirmando que Picasso, al destruir la belleza, había conseguido crear un nuevo deseo de lo bello. En una exaltada felicitación, celebra la fealdad alcanzada en su pintura, inimitable por lo menos en los siguientes cien años. A Dalí le gusta la violencia de la anarquía picassiana y las cotas alcanzadas en la representación de lo abominable, aunque le reprocha el poseer una idea del arte demasiado convencional. Después de él, sólo cabía volver de nuevo la mirada hacia Rafael.

  

    

Figueras, Girona, 1904 - Figueras, 1989)

  

Soñaba Dalí con Picasso, su filosofía materialista y el miedo a la muerte y, si bien consideraba su influencia en otros pintores, los demás, a su juicio, apenas habrían influido en el malagueño. Velázquez, Goya, Picasso, él mismo ―Dalí―, habían experimentado el sentimiento trágico de la vida que tan bien definía el carácter español.

Hay una anécdota significativa, recordada por  Antonio Pichot, pintor de Cadaqués y magnífico conocedor de Dalí, de que Dalí no olvidó jamás al maestro. Hasta su muerte, Picasso recibía cada mes de julio un telegrama de Dalí, donde decía: «Per juliol, ni dona ni cargol». Al parecer, una tía de Pichot, afamada cantante de ópera que llegó a conmover el corazón del mismísimo Emiliano Zapata, daba largas desde el alféizar de su ventana con este enigmático mensaje a un ardiente amante italiano cuando la requería en amores por aquellos calurosos días.

  

III

Las zapatillas de Picasso

Ése es el título de un artículo publicado por Dalí en el año 1935 en Cahiers d'Art, donde parafrasea el nombre de una novela de Sader Masoch, La pantoufle de Sapho.

Recuerda Dalí que un día le mostró a Picasso un cuadro cuya fealdad le había parecido siempre la más truculenta y digna de ser tomada como modelo. Picasso se quedó sorprendido mirando la tela y le dijo: «¿Qué le ocurre, por qué me oculta su rostro como si me fuese conocido?» El encuentro tenía lugar en la capital francesa, aristocrática, decadente y a la vez prerrevolucionaria, en un invierno que vestía de blanco las calles.

Dalí afirma en esas páginas que el punto culminante de las distracciones y placeres, así como el interés artístico y literario e incluso científico, seguiría centrado, a partir de entonces, en las invenciones de Picasso, ya que el pintor era una especie de institución geográfica y monárquica (en el sentido más elevado y fenomenológico de la palabra, como la entendía Eugenio D’Ors). El interés fisgón que toda la ciudad sentiría por la personalidad de Picasso ―se refiere al París de aquellos años―, sería de carácter fetichista y cada vez más exclusivo.

Para Dalí, en los días de la conquista de lo irracional, emanando de un sentimiento casi sobrehumano, Picasso podría redoblar ferozmente su antiexhibicionismo y, no obstante, seguiría brillando como un sol aislado en el firmamento del arte irresponsable, para oscurecer todas las estrellas intelectuales de la premeditación supraconsciente.

Más adelante lo imagina asomado al balcón muy de noche, dejando caer desde su casco de trabajo a la calle de La Boétie las ondas luminosas que anunciaban una nueva creación: rostros de fealdad abrumadora, de indignidad sobrehumana, capaces de arrastrar los riñones y corazones de los noctámbulos como nadie jamás lo hizo. Luego, le parece el relieve azteca de un inmolador ensangrentado, de una belleza ignominiosa, terriblemente degenerado y apoteósicamente chocho.

Picasso tenía para Dalí en ese momento el porte de bragueta que sólo tuvo Goethe en sus mejores tiempos. Toda ciencia particular, todo método sistemático envidiarían a Pablo Picasso. El imperio que ejercería sobre los mortales y las cosas sería tan categórico y cada vez más evidente en sus ojos rapaces y dominadores, que se sabría que había nacido para tener a sus pies los rostros y los objetos.

Entre Dalí y Picasso se estableció una gran complicidad y, siempre que regresaba a París, su primera mirada deferente, al igual que su última ojeada antes de partir, era para el pintor malagueño. Si un cuadro de Dalí entusiasmaba particularmente a Picasso, éste movía la cabeza de modo imperceptible, pero aquel ligero movimiento no escapaba a Salvador.

Una vez se le apareció Picasso a Dalí para echarle a los pies una corona de laurel, y ese homenaje lleno de  inventiva, bajo el manto de la noche, conmovió su corazón más allá que cualquiera de las ovaciones y alabanzas que recibía. Dalí empezó a preguntarse si amaba a Picasso sobre todas las cosas.

Dalí tuvo ocasión de devolverle el favor con generosidad, porque un día, cuando se precipitaba en zapatillas a la calle en busca de tabaco, como estaba lloviendo, para que no se mojara los pies en los charcos, le extendió su abrigo de piel de alpaca. Cuando Picasso se volvió para agradecer el gesto, Dalí ya había desaparecido.

  


Originalmente postado em http://www.gibralfaro.uma.es/opinion/pag_1236.htm.

ABRIL 2006

7

  

  
  

Suspendisse turpis. Nulla eget leo. Cras interdum sollicitudin ante. Sed placerat scelerisque magna.

venenatis

Cras interdum sollicitudin ante.

Suspendisse turpis. Nulla eget leo. Cras interdum sollicitudin ante. Sed placerat scelerisque magna.

venenatis